A la memoria de Jack Kerovac por su estancia en estas playas.
Otra moderada orilla, la misma.
Historias e historia de la Playa Pinitos.
Por: Mario Hinojos L. | Fotos: Iván Lizárraga
Por donde quiera; el mar. Y su orilla de ir y venir con la bayadera forma de ser un puerto con arena y con redes. Hay que acercarse sin querer al rinconcito. Donde niños, señoritas y bañistas. Donde mariscos, y cerveza, y cocos. En que cañas pescadoras; hilos nylon, conchitas y palmeras.
Sobre el Paseo Claussen se abre la boca, y hay que acercarse al rincón de la playa pequeña. Playa Pinitos, donde la Bahía antigua de San Félix vio pescadores y conquistadores. Ahí en el Puerto Viejo el agua es calmada, la orilla se hace moderada alberca y los bañistas acuden con sus niños pequeños, a vivir la vocación marismeña.
Se ven los bikinis y los chores de playa. Los juguetes de arena y el puesto de los salvavidas. Entre la curva abierta que resguarda la Escuela de Ciencias del Mar y la Casa del Marino, construida durante la Segunda Guerra Mundial, para dar alojamiento a navegantes en tránsito.
Hay que asomarse un poco y atisbar ese pequeño espacio a veces olvidado. Porque ahí se hace la historia de la ciudad porteña que se transpira; y se asolea, y se construye en arena.
Donde junto a la Playa Norte se establecieron los primeros vigilantes del puerto una vez formado el Presido mazatleco por los descendientes de Martín Hernández. Donde se vio encallada frente a la costa en una mañana de marzo de 1864 la fragata francesa Cordelliere con sus seis cañones y sus seiscientos hombres a intento de conquista.
Donde se advirtió a la nave Victoria fondeada en el segundo intento franco luego del rechazo militar y popular de los locales. Hay sí, que acercarse y sorberse toda la orilla de la Playa Pinitos, y voltear para atrás y vernos víctimas del galante modernismo intacto que delata la colonia homónima a la playa.
Y recorrer desde ese punto de vista la curva de arena que abraza a la ciudad y nos hace sentir ese orgullo particular que somos; turistas permanentes de estas playas que nos asombran y nos asoman. Y nos asocian y nos asolean.
Hay poco a poco que detenerse, y bañarse, y saborearse, y traer al que visita bajo el brazo y bajo la sombra; y sobre la moderada orilla de esta playa mazatleca que nos deja sentir toda la orilla mazatleca que permiten las mazatlecas playas entre los dedos; y entre las chanclas.
