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al público
Pasiones con tintes gitanos ocuparon el Teatro Ángela Peralta la tarde-noche del sábado durante las funciones de la cuidada puesta en escena de “Romance de tablao”, propuesta con la que Miura expresión flamenca aceptó el reto de tejer una historia que enlazó con limpieza y estilo amoríos, conquistas y duelos.
El quejío en la voz jonda de Omar Pérez se coló entre la penumbra del foro como un hilo de quebradizo. Sobre la blancura de una luna llena proyectada en el fondo se silueteó una mujer. Guitarra, flauta, cajón y violín se unieron al ingreso de Lucero Martínez, directora de la academia, mientas Sabás Santos dejaba las bambalinas para incorporarse al entarimado y completar el cuadro de romance con un estilo siempre gallardo.
En medio de un ritmo ascendente y relatos de males de amor, más de una decena de bailarinas dejaron sentir su taconeo -variable de lo sutil a lo vehemente-, que sirvió de muestra para atestiguar un sólido carácter de conjunto. Ese cuadro anticipó el momento en que el tablao se apropió del recinto. Al tiempo que el cante de Patricia Solana hablaba de besos pasados y relaciones muertas, cuatro bailaores, Martínez, Santos y Naschieli Buelna –devenida luego en la tercera en discordia- terminaron de pintar la atmosfera de sitio típico de juergas, pleitos y amoríos.
Intensa y aplaudida fue la intervención de Sabás Santos junto a dos integrantes de su compañía “Sevilla”. El trío rezumó masculinidad y vigor lo mismo en intermitentes zapateados in crescendo que en bravíos repicados de palmas, con esa rigidez intencional y garbo altivo que se ilustra en las mejores estampas de la danza flamenca.
El escenario dio lugar a una trama en la que confluyeron seducción, traiciones, y rencuentros con Santos, Martínez y Buelna como protagonistas. Con sus espléndidos movimientos de manos y brazos, Naschieli Buelna trajo a la memoria a la mujer de los brazos infinitos, María Pagés, que meses atrás atrapó al auditorio con “Canciones, antes de una guerra”. En tanto, Lucero Martínez desplegó toda su expresividad y entrega, plasmando primero el regocijo de una gitana enamorada, para mostrar después el rostro del dolor ante el engaño y el orgullo femenino recompuesto con la reconquista.
La figura de Sabás Santos se impuso sobre el tablado. En sus solos transpiró duende, puso a hablar a sus pies con cada golpe de unas botas embrujadas por el encanto andaluz, cautivó con sus giros airosos y su presencia varonil.
Con piezas musicales compuestas especialmente para el espectáculo bajo la dirección de Fernando Martínez, el cante sentido de Solanas y Pérez y una explosiva actuación de los bailarines, “Romance de tablao” transportó al público a la cálida y pasional atmósfera de los cafés cantantes de los años 50 y supo ganarse el aplauso de un respetable que terminó la función embebido de romance y esencia flamenca. |