Al lugar donde hoy existe la avenida Olas Altas, se le conoció con ese nombre desde los orígenes de Mazatlán como lugar habitado, y es prácticamente la única de las antiguas calles de la ciudad que no ha modificado su nombre.
En los inicios de Mazatlán como ciudad y hasta casi mediados del siglo XIX las Olas Altas era una calle no muy ancha, que escasamente permitía la circulación de dos vehículos; la bahía no tenía protección alguna contra las mareas altas y la playa comenzaba muy poco después de la calle.
Por el lado norte, no existía el paseo Claussen y la falda del cerro de la Nevería llegaba hasta el mar. Tampoco existía la calle Ángel Flores. Por el sur, el cerro de la Cruz invadía un gran trecho que llegaba cuando menos a donde se encuentra hoy el edificio que ocupa la escuela Josefa Ortiz de Domínguez.
En 1832, el Gobierno del estado autorizó la erogación de 300 pesos para construir un dique al pie del cerro de la Cruz, con el propósito de impedir la circulación de aguas por un pequeño canal de la ensenada poniente a la bahía del sur donde se estableció la aduana marítima. Sin embargo, desde los tiempos más lejanos los pobladores de la ciudad reconocieron la belleza del lugar y antes de mediados del siglo XIX se realizaron varios intentos de hacer un paseo a todo lo largo del frente de la bahía.
Uno de los primeros esfuerzos para ello está documentado en escritos que conserva el Archivo Histórico Municipal. Con tal objeto José Vasavilbazo, como presidente de la Junta Económica Gubernativa, lo que era el Ayuntamiento en ese entonces, dirigió un escrito al gobernador Rafael de la Vega en Junio 23 de 1847, donde le señalaba: “Animado un proyecto sobre erección de un paseo en la playa de las Olas Altas de los vecinos más acomodados de este Puerto, en el intervalo de la supresión que sufrió la R. Junta que me honro en presidir, sólo tuvo conocimiento privado de este negocio, porque no se cuenta con un solo documento oficial que sirviera de antecedente.
Un vecino de la ciudad, Miguel Zires, con que se dio cuenta a S.S. en sesión del día 23 del presente, en que expone que habiendo contratado el terraplén del terreno donde debe formarse el paseo por trescientos pesos, cuya suma ha consumido a la mitad de la obra, suplica se le aumenten doscientos pesos más, ha sido la causa de que la Corporación tomara conocimiento de este negocio y la copia de los antecedentes que se han formado y que tengo el honor de acompañar a V.S., lo instruirán del estado que guarda y de que todo está pendiente de su superior resolución.
La Respetable Junta cree de su deber informar a V.E. que en su opinión no debe abandonarse una obra tan provechosa para este vecindario, en la que se ha invertido ya una suma de los fondos públicos, que se halla bastante adelantada y que para perfeccionarse se está calculando el gasto en mil y más pesos que los vecinos comprometidos erogan de su peculio en beneficio público, y para cuya obra están prevenidos los materiales todos en espera de la conclusión del terraplén.
Esta circunstancia decidió a la R. Junta a aprobar lo hecho y aún a que se cubran de los fondos los cien pesos que se adeudan al Sr. Zires, porque por ello se cuenta con el que esta mandado firmar con aprobación de esa superioridad para el plantío de una alameda; de los productos de la licencia para diversiones y de las multas impuestas por las alcabalas, pero en cuanto al aumento de doscientos pesos que solicita el contratista, la Corporación tiene el honor de informar a V.E. aunque la contrata se celebró por medio de remate y en subasta pública, persuadida como lo está de que los costos del terraplén exceden de los doscientos pesos en que se ajustó, considera justo el aumento de cien pesos siempre que la obra indicaba y cuanto se ha practicado relativamente merecen la aprobación de V.E. Todo lo que me honro de elevar al conocimiento de V.E. por acuerdo de la Respetable Junta para los fines expresados, y al verificarlo gozo el placer de renovarle las protestas de mi respetuosa consideración. “Con fecha 26 de Junio de 1847, el gobernador de la Vega aprobó la continuación de la obra.
En Octubre de 1895 un temporal causó graves daños al paseo. “…pero donde parece que el mar se propuso demostrar su fuerza fue en Olas Altas. De la antigua y derruida glorieta o media luna, rumbo al sur, se ha llevado una zona de cinco a seis varas en toda la longitud de la calle, hasta la esquina de la casa de los Ser. Careaga.
La casa de la esquina Sudeste de Olas Altas y Oro no tiene al Oeste más que la acera; ni un solo palmo de terreno más allá, habiendo quedado a descubierto el tubo del agua, que también se venció en el empalme, dejando escapar una porción de su contenido. La calle ha quedado reducida a vara y media de ancho en algunos lugares y en los más anchos deja un paso angustiado a dos vehículos que se encuentren.
El 20 de Abril de 1896 el gobernador Francisco Cañedo inauguró las obras de construcción del malecón, que quedaron bajo la dirección del ingeniero Natividad González, en las que además se pretendía reparar la avenida que quedó destruida en parte de su extensión a consecuencia del huracán del año anterior. Provisionalmente, se había procedido a reestablecer la circulación y para proteger los edificios más amenazados, colocado sacos de arena y un paredón provisional de piedras sueltas.
Para esta nueva obra se adquirió la carpa de Zayas, que se encontraba aproximadamente frente a donde está hoy el Hotel Belmar, se construyeron tejabanes, un depósito de pólvora, se establecieron talleres herrería y carpintería, se tomaron rocas de los cerros de la Nevería y del Vigía, para cuyo transporte se tendió una vía férrea en todo el trayecto de la obra, del cerro de la Nevería al cerro de la Cruz y a la obra se dedicaron entre 60 y 70 jornaleros.
Todas estas obras mencionadas no resolvieron permanentemente el problema que representaban las mareas altas, sobre todo cuando azotaban huracanes o vientos fuertes, y no fue sino hasta muy entrado el siglo XX cuando las que se efectuaron terminaron con tales peligros y el paseo adquirió la apariencia que hoy tiene. El Cordonazo. El Correo de la Tarde. Mazatlán, Octubre 2 de 1895.
La Brillante Feria de Oas Altas
Antecedente de la historia festiva de los Mazatlecos
Desde cuando menos mediados del siglo XIX se celebraban en la parte norte de paseo Olas Altas unas fiestas que primero fueron conocidas como Diversiones de la Pascua de Resurrección, luego como Paseo de Olas Altas y más tarde Fiestas de Mayo, porque su realización coincidía con la fecha en que se conmemoraba el triunfo del general Zaragoza sobre las tropas Francesas en Puebla. La organización y la explotación de las mismas se remataban al mejor postor, a quien se concedía una duración determinada, generalmente 15 días. Aunque el documento que reproducimos a continuación no se menciona algún lugar específico por tratarse de los “paseos del mar” pudiera pensar que se trata de Olas Altas. En la sesión que celebró el cabildo en Abril 26 de 1844, “Se dio cuenta con una instancia en que D. Adrián Valdés, contratista del ramo de plaza solicita que en caso de rematarse la de los próximos paseos del mar se le deje en libertad para cobrar la pensión a las vendimias por contratar le corresponde, apoyándose en que por un artículo de ella está expresamente determinado le corresponde el cobro de todas las vendimias ordinarias y extraordinarias que se pongan en el paraje público, sin excepción y que habiéndose rematado éstas con notable perjuicio suyo en las diversas funciones de dos años, prive que a lo menos no se prive en la que indica así como que si se consideran los perjuicios que se le han seguido, se le conceda el cobro de toda plaza en dicha función… Admitida y dispensados los trámites, se acordó se le deje el cobró de la pensión a las vendimias, y por lo que respecta a las fondas, aguardenterías y juegos que deben rematarse, ocurra hacer postura si le conviniere encargándose a la Comisión de Hacienda verifique el remate de la citada plaza en el mejor postor.
Respecto de las fiestas de 1897 comentó la prensa: “Ya esta flamante y listo el Paseo Olas Altas. Los albañiles, pintores, carpinteros, peones, etc. Terminaron su obra. La verán Uds. Es pintoresca, alegre, tentadora. Cuando se llega y se espacia la mirada por todos lados dan ganas de gritar: ¡muera el soleen! La carpa de Tarditi, remozada y coquetona, encabeza la fila con una mira-mar delicioso; viene en seguida una gran carpa, con bonitas pinturas, vistosa y atractiva: la de Paulino García; después…un templo de Birján; más allá una carpa rara y original, profusamente iluminada y el interior decorado con arte y gusto, el piso entarimado, al frente…hay que verlo: no podría dar idea exacta de él… es la Puerta del Sol; sucédele otro templo de Birján, después La Colmena, otro de los templos aquellos, expendio más o menos humildes hasta rematar en el depósito de la popular cerveza de Lang. Las mesas de enchiladas, las barracas de mangle, inundan el resto del terreno por el lado de la Cueva del Diablo. Hacia el Hospital Militar, lo que se ve en primer término, es el volantín a vapor, después el del Sr. Albino Ruiz, el Palenque de Gallos, el volantín de Don Zeferino, más carpas y mesas, ruletas, loterías, etc. El conjunto … ya lo verán Uds.
Desde el alba, una banda de música se situaba en las cercanías del Palacio Municipal ejecutando sones alegres, en tanto que atronaban el ambiente los cohetes. A eso de las diez horas se presentaba en escena la comisión edilicia encargada de vigilar el reparto; y dada la orden de marcha por el maestro de ceremonias –cargo que solía desempeñar espontáneamente el inolvidable cronista don Adolfo O´Ryan-, la comitiva se ponía en movimiento rumbo a Olas Altas. Atacaban los filarmónicos, a todo pulmón, la mexicanísima “Zacatecas”; se hacía más intenso el estallido de los cohetes; y los desertores, encantados de la vida, reforzábamos los contingentes del desfile, sirviendo como escolta de honor a la turbamulta en aquel movido preludio de los festejos. El primer alto se hacía en la vasta explanada de frente al Hospital Militar –sitio actualmente poblado de residencias- para que diera principio la notificación. Al impaciente fuego graneado de los peticionarios, respondía gritando fatigoso el repartidor: ¡Fulano de Tal! ¡Ocho metros! ¡Mengano de Cual! ¡Seis metros! Los principales perímetros quedaban reservados para el palenque de gallos y para el volantín a vapor; para aquel primer volantín a vapor con el negro de madera que movía la cabeza, y aferrado al manubrio del flamante orquestrión, nos obsequiaba encantadoras piezas musicales: Los patinadores, La estudiantina, De Madrid a París… Don Antonio Jumilla y don Zeferino Flores, ya en el ocaso de su bien ganada fama de empresarios, reclamaban asimismo regular espacio para sus anacrónicos carrouseles. Comisionados por la Tesorería Municipal, atisbados a distancia por el maximilianesco don Francisco Mortero –perpetuo titular de aquella oficina-, presionaban la cinta métrica e iban marcando en el pavimento las aristas de una original geometría. Tras ellos, un grupo de borrachines en condena correccional, temblorosos y magros, señalaban los trazos con albeante listón de cal o ceniza. Finalizada la mesura en ese sector, la charanga ejecutaba una diana y autoridades y público pasaban a la avenida del malecón para que prosiguiera el reparto, hasta que a los retumbantes platillos de una marcha final, se dispersaba la concurrencia. Era ya mediodía. Por fortuna, la jornada para el retorno a casa era relativamente pequeña y no existía en Mazatlán el más leve problema de tránsito. Ponían desde luego manos a la obra los locatarios y como por arte de magia comenzaban a surgir las barracas. Amplias todas. Alineadas. Las carpas próceres de los restaurantes y neverías de la élite, lujosamente decoradas; las de las partidas y ruletas de poderoso mote, y las de poca envergadura estructural pero no menos aderezadas y limpias, de la parroquia modesta. La avenida principal del paseo se convertía en una verdadera galería de pinturas murales, logradas por tan ignorados como hábiles artistas locales, en la encalada manta de las tiendas: la escuadra yanqui destrozando a cañonazos los heroicos navíos de Cervera; combates a la bayoneta entre chinos y japoneses; el volcán de Colima en erupción… y sobre la acera del edificio del Banco Nacional, frente al famoso casetón de madera de don Juan Zayas, precisamente al flanco siniestro de la desembocadura de la calle Constitución, se levantaba erizado de banderas nacionales el temple oficial, para que la banda de música del batallón que guarnecía la plaza diere en él diariamente sus audiciones. Como aún no se pugnaba por una sociedad sin clases, la extrema izquierda proletaria tenía su lugar de expansión hacia la parte Norte del rompeolas, en lo que hoy es el principio del paseo Claussen. Allí se instalaban, en amplios ramadones, las jugadas de sandías y los estrepitosos mariachis, sobre cuyos entarimados, auténticos charros con sus indispensables trenzas endrinas y sedeño rebozo zapateaban el jarabe ritual y los bailes rancheros de Sinaloa. La noche del día 4, con la imprescindible asistencia de don Francisco Cañedo –gobernador y general, hombre devoto de Venus y un tanto cuanto adorador de Birján- se iniciaban el alarde. Ofusamente iluminación. Arquerías de milagros. Pompa floral y lienzos tricolores. Y allá, en la falda del cerro de la Nevería, maravilloso desgranamiento de bengalas. La banda militar y la del Estado –venida ex profeso de Culiacán-, competían en ejecución y calidad de programas; y hasta que como final de fiesta ejecutaban los Aires Nacionales y sobre el fondo negro del cerro se apagaban -miríadas de cocuyos en fuga- los últimos chisporroteos del “castillo”, emprendían la retirada las familias honestas y desaparecía el enjambre galano de las muchachas bien. Pero ello no quiere decir a después de esa hora, Olas Altas se convirtiera en un antro satánico, teatro de orgía sin igual. Con los transnochadores empedernidos llegaban las orquestas particulares que habrían de terminar su breve contrato en el gallo romántico, llevado de balcón en balcón por los distintos rumbos de la ciudad. Aunque la fecha señalada oficialmente para su terminación era la del 31 de mayo, la feria solía prolongarse hasta el 10 de junio. Todo Mazatlán cenaba en Olas Altas la noche de la clausura. En la avenida principal del paseo se congregaba lo más granado del elemento mujeril y la serenata era monstruo, con epílogo sentimental de “Las Golondrinas”. La feria de Olas Altas, de fama nacional, logró el privilegio de no sufrir decadencia y dejó de existir de modo definitivo en los albores de la Revolución, cuando había llegado a su mayor esplendor. Oses Cole Insunza. Las Viejas Calles de Mazatlán. El Correo de la Tarde. Mazatlán, Mayo 4 de 1897. Manuel Estrada Rousseau. El Mazatlán que se fue. La brillante feria de Olas Altas.