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JUVENTUD... El mensaje que sedujo a los japoneses...
Los conceptos de un estadounidense sobre la juventud han inspirado a algunos de los hombres de negocios más prósperos del mundo
En la columna que escribo para el Post de Washington, reproduje hace varios meses un breve ensayo que Samuel Ullman, autor desconocido para mí, había escrito sobre la juventud. Poco después me telefoneó el psicólogo Richard Ullman Rosenfield, bisnieto de Ullman. Me dijo que se había sentido intrigado por “la trayectoria espiritual” del ensayo, especialmente en Japón.
Así me enteré de que el general Douglas MacArthur había citado a menudo ese ensayo –“Juventud”-, y que durante la campaña del Pacífico había conservado en su escritorio un ejemplar enmarcado del mismo. Se cree que los japoneses tomaron el texto del cuartel general deMacArthur, en Tokio.
Por increíble que parezca, este ensayo, escrito hace más de 70 años, ha servido de apoyo a gran parte de la productividad japonesa y constituye la guía filosófica de numerosos hombres de negocios. Muchos llevan en la billetera una copia desgastada del texto.
“Me llega a lo más profundo del corazón”, dice Kokichi Hagiwara, de 67 años, presidente de la empresa nipona-norteamericana National Steel, de Pittsburg, Pensilvania.
“Esta clase de entusiasmo es indispensable. Para hacer cambios, es preciso tener espíritu de juventud”.
Algunos dirigentes japoneses consideran el referido ensayo un puente entre ambas culturas. Si los occidentales logran comprender la veneración que inspira al japonés, quizá entiendan mejor el que el hombre de negocios nipón busque sustento espiritual en medio de la abundancia de bienes materiales.
Hace pocos años, uno de los nietos de Ullman, Jonas Rosenfield, hijo, asistió a una cena en Japón, y “Juventud” salió a colación. Rosenfield le dijo a uno de los comensales, personaje del mundo de negocios japonés, que el autor era su abuelo. Fue una noticia que causó sensación. “¿usted es nieto de Samuel Ullman Rosenfield. “No salía de su sorpresa”.
Luego, aquel ejecutivo nipón sacó de su bolsillo una copia de “Juventud”, y le confió a Rosenfield: “Siempre lo llevo conmigo”.
En septiembre de 1987, varios cientos de prominentes hombres de negocios y funcionarios se reunieron en Tokio y en Osaka a rendir homenaje al ensayo de Ullman.
Abundaron allí los testimonios laudatorios; entre ellos, el de Konosuke Matsushita; fundador de la Compañía Panasonic, quien expresó que desde hacía 20 años “Juventud” había sido su lema.
Samuel Ullman nació en Alemania en 1840; aún era un niño cuando llegó a Estados Unidos. Peleó en la Guerra de Secesión, y luego se estableció en Birmingham, Alabama. Fue comerciante en ferretería y tenía vocación de servir a la comunidad. Comenzó a escribir cuando ya pasaba de los 70 años.
Juventud
La juventud no es una época de la vida; es un estado mental. No consiste en tener mejillas sonrosadas, labios rojos y piernas ágiles. Es cuestión de voluntad; implica una cualidad de la imaginación; un vigor de las emociones; es la frescura.
Juventud es el predominio temperamental del arrojo sobre la pusilanimidad de los apetitos; del ímpetu aventurero sobre el apego a la comodidad. Esta actitud a menudo se encuentra más en un hombre de 60 años que en un muchacho de 20.
Nadie envejece meramente por el número de años que ha cumplido. Envejece cuando desertamos de nuestros ideales.
Los años pueden arrugar la piel; pero cuando se renuncia al entusiasmo le salen arrugas al alma. Las preocupaciones, el temor, la falta de confianza en uno mismo, encogen el corazón y aniquilan el espíritu.
Lo mismo a los 60 años que a los 16, en todo corazón humano palpitan el ansia por lo maravilloso, el constante apetito –como de niño- por lo que ha de venir y la alegría inherente al juego de la vida. En el centro del corazón –del tuyo y del mío- existe una estación de radio. Mientras reciba mensajes de belleza, esperanza, alegría, valor y fuerza, tanto de los hombres como del infinito, seguirás siendo joven.
Cuando se abatan tus antenas, cuando las nieves del cinismo y el hielo del pesimismo cubran tu espíritu, entonces sí habrás envejecido, aunque sólo tengas 20 años. Pero mientras tus antenas sigan en alto, dispuestas a captar las ondas del optimismo, hay esperanzas de que mueras joven, aún cuando seas un octogenario o nonagenario como don Jesús Huerta Benito.
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